
Levedad podría considerarse un juego corto que hace honor a su título durando entre cinco y diez minutos. Durante ese tiempo nos cuenta la historia de alguien aficionado a la fotografía que ve pasar los días jugando con la apertura del obturador. Sin embargo, es un juego que se extiende durante dieciocho fotografías a través de las cuales nos cuenta la historia de cómo tratar de capturar el paso del tiempo a pesar de que este siempre se nos escapa. Un relato que necesita construirse en sus propios términos para transmitir su mensaje: todo se acaba. Y, en ocasiones, la mejor forma de plasmarla ocurre olvidándonos del retrato perfecto. Capturar el momento a través de nuestro modo de sentirlo en lugar de seguir las reglas impuestas por la técnica. Jugar con la escena en vez de someternos a ella.

Mientras, cigarros y botellas nos detallan el sufrimiento por las despedidas inevitables. La vida se convierte en tránsito, en los dos puntos entre los que se marca el trayecto de una carretera. En los viajes de los demás que sin quererlo nos alejan de la paz de nuestro bosque buscando el retiro por el que quizá nosotras llegamos a ese tejado en primer lugar. En el despertar al alba de quien no puede separarnos de nuestras soledades por más cerca que nos encontremos. La escena se llena y se vacía de detalles que nos impiden olvidar la temporalidad de nuestra estancia. No tenemos ningún control sobre los eventos que se suceden ante nosotras. Foto tras foto, se acerca la conclusión y en nuestras manos solo está la capacidad para representar los sinsabores del final. A la jugadora le avisa el carrete, al personaje le avisa su inminente partida.

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